domingo, 12 de noviembre de 2017

No más drama por hoy







Basta de drama. Sí, eso lo dijiste tantas veces que ya suena a chiste. Mirate cómo estás. Parecés una zombi que se arrastra entre las tinieblas. Un ente sin alma, perdido, desquiciado. La oscuridad te invade como una tormenta maliciosa. Como el humo negro y pestilente de lo podrido cuando se quema. 


Pero claro, hay que perdonarte porque sos una joven despechada. Una amante a la que han dejado de lado y que camina en busca de ¿qué? Ah, ya entiendo. Querés recuperar el tiempo perdido. Ilusa. Pero no me hagas caso. Yo no existo. O quizás sí. Tal vez soy parte tuya. Esa parte trastornada que quedó luego del abandono. O tal vez soy tu salvavidas. Vos decidís en todo caso, si querés drama hoy. 


No te interesa, ¿verdad? Lo sé porque seguís con tu caminata errática aunque decidida, con un objetivo claro. Tendrás la mente despejada, imagino. Aunque lo dudo, en realidad. si podés escucharme, estás más que trastornada. Pero así son las cosas. Dale, ¿por qué no parás un poco? Tal vez si descansaras… podés volver, pensarlo mejor. Pero seguís caminando. Todo esto te hace daño. ¿No lo ves? Claro que no. Estás ciega. Me doy cuenta de tu estado mental al ver tu rostro endurecido, tus manos tensas. Tus nudillos blancos de tanto apretar el puño. Tu cuerpo encorvado, flaco y huesudo, que apenas puede dar un paso y luego otro. Esa es la actitud que me preocupa. 


¡Basta de drama! Ya sé que estás cansada. Pero llevás horas caminando y quizá sea tiempo de dejarlo partir. De que todo siga su curso. ¡No me ignores maldita estúpida!  Ah, ahora te frenás y me prestás atención. Sos hija del rigor como todos. Te ciegan los sentimientos, los más bajos y deplorables. Aunque hay algo, una señal de que te influyo. Pero no. ¿Sabías que cada vez que tu enojo empeora, una tormenta negra se cierne sobre tu cabeza? Claro que no sabés. No sabés nada. No sabés a dónde vas ni por qué. Lo único que te mueve, que te hace avanzar es ese sentimiento oscuro. Por él. 


Pensar que eran tan unidos. ¿Qué cambió? ¡Basta de drama! Sí, seguís diciendo eso. Es lo único que podés decir ahora. Pero yo sé que pasó. No querés recordar pero es mi obligación hacerlo. ¡Él era tan maravilloso! Acordate cuando lo viste por primera vez en aquella plaza. Era primavera. Tal vez tus hormonas se encontraban alborotadas o quizás era el momento perfecto para los dos. Vos quisiste pensar eso y te lo concedo. Yo tengo mis dudas. En fin. Lo observaste durante largo rato, escondida detrás de un árbol. Sola como ahora. Aunque con otro sentir en tu pecho. Quizás anticipación. Tal vez deja vu. Porque ya habías vivido eso. Con otro. Pero no queremos recordar eso ¿verdad? No, no nos conviene. 


Volviendo a él, a Max. ¡Si te hubieras visto! Con esos ojos de cachorro enamorado y la libido exaltada. Así estabas mi amiga. Así de patética. Sus rasgos eran tan atractivos que casi rozaban lo femenino. Y caíste a sus pies como una tonta enamorada de las novelas. Embobada como un niño cuando ve un juguete nuevo y te dijiste “Debe ser mío”. No importaba quién era él. Qué hacía o que te podía ofrecer. Importaba tu deseo. Esa necesidad baja y morbosa de posesión de un tesoro. Una joya. Esa belleza debía ser tuya. Él debía rendirse a tus pies y adorarte. 


Por un tiempo lo hizo. Qué tonto. Él no te conocía en lo absoluto. No como yo que sé de qué van tus sentimientos más profundos. Sé qué te moviliza. Lo que tu corazón marchito desea con furor. Max, por el contrario, era un ignorante de tus bajezas. Y cayó en la trampa de tus maneras delicadas. Creyó que eras una princesa. Creyó que debía rescatarte. 


No vio venir tus depresiones, tus dudas e inseguridades. Él no sabía de esos agujeros negros en los que caías sin razón y que arrasaban todo a su camino. No conocía tu pasado esquizoide y tétrico. Max sufrió por vos sin entender que así eras. Que no necesitabas ayuda porque no la querías. Y se fue alejando. Lentamente lo perdiste como se extravían las cosas que no se usan, que no significan nada ya. Entonces, como buen macho que necesita reafirmar su hombría, él encontró consuelo. En otra. Y te citó hoy para contarte. Para decirte que ya no puede más con vos. Que se rinde. Que te amó con locura pero que ya no puede más. Te dice en la cara que se acostó con otra. ¡Estúpido! Él debía callar. Vos no querés su drama, su engaño. Pero Max es tan bocón…


¿Entendés que el drama recién comienza? Imaginate las noches que vas a pasar llorándolo. No quiero hacerte enojar más, pero... Te frenás ¿por qué? entendés que ya está, que no hay vuelta atrás. ¿Es eso? Podés dejarlo así. Podés marcharte con dignidad. Pero no. Él debe entender que es tuyo y que no le diste libertad de decisión. Si aceptaras mi consejo te diría que lo dejaras ir, que de nada sirve el castigo. Si aceptaras lo que te digo dejarías el cuchillo y le permitirías vivir. Dejalo ir. Dejá el cuchillo. Dejá que viva. 


Veo que tu lado bueno, como siempre, pierde. Debo ser espectador de otro crimen. No puedo frenarte. Lo intento pero no. Tomo posesión de tu cuerpo. Me interno en tus venas, estimulo tus músculos. Quiero desviarte. Pero tu lado maquiavélico es poderoso y me domina, como siempre. Me ahoga, me estrangula y me convierte en cómplice. Tu mano vence mi resistencia y con una daga atravesás su corazón. En el mismo lugar que te duele. Como te lo clavaron a vos tantas veces. Max es el resumen de tus fallas. La viva imagen de tu fracaso. Y no hay piedad. "Basta de drama", le decís con asco. La oscuridad gana otra vez. Y  luego de derramar toda esa sangre te vas, con una sonrisa victoriosa, en busca de otro príncipe para dominar.



Autora: Soledad Fernández (Misceláneas) - Todos los derechos reservados 2017

viernes, 27 de octubre de 2017

Maldito Papá Noel





“¡Mirá papi, es Papá Noel!”. Ese que va ahí corriendo es mi hijo. Tiene cinco años y cree en Papá Noel y los Reyes Magos. Sí, va corriendo a abrazar a ese gordo vago vestido de rojo. Él está convencido (de) que ese tipo le va a traer lo que pidió. Pobrecito. Pobre yo que soy el que baja los billetes para pagar la dulce y alegre navidad de mi familia. 

Pero no culpo a mi hijo. Yo fui así. Así de crédulo. Hasta que entendí que todos estos tipos vestidos de franela carmesí se aprovechaban de nosotros. Bah de ellos, los niños.
¡Cuánto desprecio!, dirán ustedes. Es así. Uno de estos me quitó la ilusión de la navidad hace muchos años. Siempre quise vengarme. Siempre lo imaginé, lo saboreé acá en mi mente. Imaginé miles de horrores cayendo sobre ese hombre y otros tantos iguales a él. Pero primero les voy a contar el porqué de mi indignación y odio hacia esta gente que ama disfrazarse de un octogenario de barba blanca. 

Yo tendría once años. Sí, once. En aquella época no existía internet ni nada por el estilo, así que la única magia reconocida era la de Papá Noel y los Reyes. Y uno estiraba sus creencias hasta el máximo posible. Hasta casi la adolescencia si era necesario. 

“Papi, vení” Ahí voy Ramiro. Miren, es tremenda esa cara de ilusión. Esos ojos llenos de esperanza. Las miles de preguntas existenciales: ¿Habrá leído mi carta? Si no tengo chimenea, ¿viene igual? Preguntas que ellos se hacen, como me las hacía yo. Aunque una de esas preguntas, básica y profunda como el origen del universo, llevó mis ilusiones infantiles a la ruina. 

Veo a Ramiro y los sentimientos se me mezclan. Recuerdo las fiestas de mi infancia. Como entonces, Mamá está ahí sentada, aunque con muchos años más. Su pelo canoso, su sonrisa arrugada. Pero siempre ahí. Casi puedo perdonarla…pero no.

Aquella navidad fatídica, Papá Noel había venido a casa. Mis primos y yo habíamos aguantado hasta las doce de la noche. Corriendo, molestando a los grandes. Robando los restos de las copas de sidra que se habían abierto con alguna anticipación. Estaba en la plenitud de mi felicidad. Yo era el primo más grande, así que de alguna forma marcaba el camino para los demás. Y en las navidades era el más astuto. Generalmente adivinaba qué le traían a cada uno. Hacíamos apuestas con eso y yo les ganaba a todos. 

“¡Papi!” Ya voy, hijo. Sentate que te saco una foto, a ver… mírenlo. A Ramiro y a “Santa”. Le suda la gota gorda. Ese traje le queda apretado. Le creció la panza en estos años. Y esos ojos están seniles ya. Que lo parió. Parece que él también envejece. “Despacio Ramiro que el hombre se va a destartalar si le saltás así encima”. 

¿Cuál era la pregunta que me rondaba? Una básica por supuesto: ¿cómo hacía Papá Noel para estar de forma simultánea en las chimeneas de todo el mundo? Era algo muy complejo de lograr, aun siendo el dueño de la magia. Y no había una respuesta convincente para mí que no quería despertar y dejar de creer. En realidad creo que evitaba la respuesta. Evitaba crecer.

Aquella noche, luego de esperar varias horas, luego de que la ansiedad inundase mi corazón y la de todos los menores de edad,  las luces se apagaron y fuimos corriendo hasta el enorme árbol de navidad de mi familia. Y aparecieron Papá Noel, el conejo de pascuas (muy venido a menos) y otro personaje que no recuerdo. Podría haber sido tranquilamente WinniePooh, no estoy seguro.
“Papi, Papá Noel tiene el mismo olor que el abuelo Toto”. 

Parece que la tercera edad usa solo OldSpice. Rami es muy perceptivo. Siempre digo que estos pibes nacieron con una computadora en cada mano y que nos pasan por arriba. “Sí, hijo. Usan el mismo perfume”. 

Volviendo a mi navidad, aquella noche en cuanto divisé a Papá Noel me le tiré prácticamente encima. Recuerdo que puso cara severa y que ese gesto me fue muy familiar aunque, por supuesto, no le hice caso. Ni al gesto ni a mis instintos que gritaban lo obvio: ese hombre era un trucho, no era Papá Noel. Pero yo quería mi regalo y punto. Había hecho una larga lista de posibles presentes, así que algo de todo eso tenía que sacar del fondo de su bolsa. Recuerdo que buscó un rato largo y sacó un paquetito (que me pareció algo escaso, obvio) y me saqué la foto anual. 

Pero me quedé molesto por esa cara de enojo de Papá Noel. ¿Por qué me había mirado así? ¿Acaso había cláusulas de edad o algo parecido? No entendía por qué me defraudaba de esa manera. Entonces decidí encararlo. Lo seguiría y cuando nadie nos viera, le pediría explicaciones. ¿Quién se creía? Sólo una persona en todo el mundo me podía regañar así y no estaba en ese momento. Como en tantos otros momentos. 

Así fue que lo seguí. Sin que él lo notara caminé tras sus pasos. Él anduvo por la casa, mí casa, con total naturalidad, sin percatarse de que lo seguía. Y se metió en el cuarto de mis padres. ¡Descarado! Cerró la puerta luego de entrar y yo apoyé mi oído para escuchar. Hubo risas. Muchas risas. Pero lo que recuerdo con gran nitidez es: “¡No puede ser que todavía crea en cuentitos de hadas!” Papá Noel le decía eso a mamá. Pero ella le contestó: “Dejalo, no seas tan duro con él. Ya va a crecer”. Pero yo no quería crecer. Al menos no ese día. Y menos con ese regalo de morondanga.

Estaba tan enojado, tan indignado con lo que ese gordo vestido de rojo le decía a mí vieja que con violencia abrí la puerta para devolverle el maldito regalo y cantarle las cuarenta. En la cara. Pero me encontré con el cuadro más inesperado de mi vida: Papá Noel besando a mi madre y toqueteándola por todos lados. 

Por supuesto salí corriendo de la habitación. Horrorizado.
Ese día dejé de creer en todo. La navidad ya no fue importante para mí. En casa no se habló más del tema y por varios años Papá Noel no volvió a animar las fiestas familiares. Hasta que nació Ramiro.
Y acá estamos, frente a frente. Frente a este hombre sudoroso, vestido de rojo que ahora me mira con aprobación. Saca un paquetito y me lo da mientras me guiña el ojo. “Tiene el mismo olor que el abuelo Toto”, recuerdo y mi amargura se transforma en un llanto ahogado y en un abrazo sentido a mi papá. 

Autor: Sole Fernández (Misceláneas) - Todos losd erechos reservados 2017

sábado, 7 de octubre de 2017

Entre ahora y el después.





Él la toma entre sus brazos y como puede la levanta de la cama. Carmen siente el corazón de Raúl latir acelerado. Su aroma. Hace tiempo que no lo siente, que no se rozan. De inmediato él la deja en la silla y se aparta. La conexión se pierde. Una descarga de electrizadad, como un cosquilleo, recorre a Carmen. Ella duda si es por él o por la silla.
—¿Quién la uso antes, Raúl?
—¿Antes? 
—Sí, antes que yo la usara, antes de que me pasara esto, ¿quién la uso?
—No sé quien la uso, Carmen. ¿Tan importante es que sepas eso?
—Quiero saber quién la usó...
—No entiendo cuál es el problema. La necesitabas urgente. La conseguí. Deberías estar agradecida. Pero no. Siempre criticando. Siempre buscando la quinta pata al gato. 
"Hay algo que no me dice", piensa Carmen. "No tiene que saber de dónde la saqué", piensa él.
—No dije nada Raúl. Solo pregunte de quién era. Si es tanto problema no pregunto más nada. En mi condición... 

Ella siente que su pecho se contrae de angustia. No puede angustiarse. No en su condición. Pero el pulso aumenta y su respiración se entrecorta. Aunque no sabe si es porque ya no puede caminar o porque sabe lo que se viene después. Con él. Acaricia el metal del apoyabrazos. La silla es su nueva mejor amiga. O debería serlo de ahora en más. Por el momento la odia. Aunque la electricidad esa que sintió antes sigue estando. Quizás deba amarla, piensa. Ella la llevará a todas partes. La acaricia. Siente algo en el metal. Hay unas letras, apenas se pueden leer. Ella rasca.
—Disculpame —dice Raúl. —Es duro verte ahí. Pero lo vamos a superar.
—¿Duro? Realmente no sabés lo que me pasa o lo que siento. Pero siempre fue así...no me quejo esto podría ser una oportunidad ¿no? Podría ser...
—Escuchaste al doctor. El dijo que esto puede ser transitorio. No hay razón para que no camines...

Ella se endurece de pronto. Él la quiere sana. El después está firmado, sentenciado en realidad. Ella debe curarse a pesar de sus deseos. Así debe ser porque antes de su parálisis habían decidido cómo sería el después. Y eso no se modificará por nada ni por nadie. Menos por una paralítica amargada.
—No hay razón para mi parálisis y aun así no camino. Todos creen que estoy loca. Pero no lo estoy. Vamos a casa ¿sí? 

Él la acomoda en la camioneta luego de varios intentos fallidos. Carmen puede ver como la vena de su frente late enérgicamente. Imagina que se hincha, le borra la cara, se pone violeta y más violeta. Luego estalla y la sangre de él la baña. La sangre es salada y caliente. Le gusta esa sangre. Podría alimentarse de su sangre. Observa cómo Raúl se retuerce del dolor y muere desangrado. Hace una sonrisa y él se pone más nervioso. Transpira. Golpea la silla varias veces para que se trabe. Ella siente los golpes en su espalda, pero no se queja. Incluso le gusta. Le encanta tiranizarlo con la mirada, con sus suspiros. Sabe que lo hace sentir frustrado e inútil y eso le da placer. Él la observa y ella calla aunque en ese juego sadomasoquista, Carmen no deja de preguntarse quién habría usado esa silla antes. Quien se habría sentado en su silla de ruedas. Las palabras siguen ahí grabadas y ella talla con su dedo para aclararlas.

El viaje dura una hora exacta. Sesenta minutos de preguntas. De dudas. ¿Y si el dueño anterior era una mala persona? ¿Habría muerto esa mala persona? ¿Habría muerto en circunstancias sospechosas? Seguro que había sido asesinado, tal vez por algún amante frustrado, concluye horrorizada. Podría haber sido otro tipo de persona. Un mártir que dejaron morir de hambre, solo. Abandonado por la familia. Pero Carmen prefiere que sea un asesino. Que se haya vengado de todos. Un amargo, frustrado y odioso ser humano. Postrado y vengativo. Prefiere pensar eso. Elige que ese anónimo que usó su silla de ruedas, haya sido un asesino serial. Un calor la inunda, la excita.

Una frenada, un bocinazo, unas puteadas de Raúl. Ella se ríe y él lo detesta. Entre tanto, llegan a la casa y, como puede, él la baja. La mucama ayuda con el equipaje. Sin decir nada lleva el bolso hasta la habitación de la señora Carmen, como le dice a su jefa. 
—¿Necesita algo más, señora Carmen?
—Necesito caminar. Eso necesito. 

Carmen sabe que es dura, pero así la debe tratar. Por el después. Ella tiene piernas que funcionan y la odia por eso. Entre tantos otros motivos. Es joven y hermosa y eso es un insulto a su parálisis. Desea que no exista, que la deje sola. Desea que esa cucaracha sea aplastada como el insecto que es. Pero nada pasa. Carmen vuelve a sonreír. La ve ahí, indecisa como un pollo mojado, aletargado. Ve como la mucama se queda quieta, petrificada junto a la cómoda, sin decir o hacer algo. El tiempo se dilata, demasiado tal vez. 
—Yo no...
—Retirate por favor. 

La mucama se va. Podría mandarla a la mierda pero eso le costaría el empleo. Ya no existiría el después. También podría alegrarse de que ella se encuentra en esa condición, pero no puede. Se da cuenta de que en realidad no siente nada. Absolutamente nada. 

Va a su habitación de mucama. Arma un bolso pequeño con sus pocas cosas de mucama y sale a la calle. No presta atención al dueño de la casa que le pregunta a los gritos a dónde va. No percibe que le pregunta si la señora Carmen la maltrató. No escucha que él le dice que la necesita. Que espere el después. Que sin ella no puede. Sin sentimientos, la mucama cruza la calle. No presta atención al entorno y no puede frenarse ante los coches que pasan por la calle. Sabe que debería detenerse pero no puede. Lo intenta pero no tiene control sobre sus músculos. Algo la tracciona. La moviliza. Los coches la esquivan como pueden. La evitan. Pero un camión dobla en la esquina y apenas logra divisarla. Entonces, los sentimientos vuelven cuando ella tiene el camión encima. Y se arrepiente de todo mientras grita de terror. Pero ya es tarde. La joven mucama es atropellada y muere en el acto ante el asombro del chofer y del dueño de la casa que no entiende qué sucede. 
Hay gritos, llantos, corridas. Llaman a la ambulancia aunque es en vano. La mucama ya no existe. El después ya cambió.

Raúl mira a la casa. Ve a Carmen junto a la ventana, sentada en la silla de ruedas. No divisa su rostro del todo pero puede jurar que ella sonríe. "¿Será tan perversa?", piensa consternado.  Llora y se dice que todo es una maldita pesadilla. Que debe despertar. Que está atascado entre el ahora y el después.
Carmen observa desde la ventana del cuarto. Ve a Raúl llorar. Sí, él llora como una niña. El después ya comenzó, se dice. Uno diferente porque la mucamita ya no está. Respira hondo. Siente que su pecho se libera. Ahora tiene una ligereza en el alma. Gira su silla, acaricia el metal nuevamente. Las letras se aclaran y ella lee con sus manos: "Lo que desees se hará realidad. Ellos deben pagar para que vuelvas a ser quien eras". A Carmen le brillan los ojos. Ahora el mundo está en sus manos y el futuro, a sus pies. 

Autor: Soledad Fernández (Misceláneas) - Todos los derechos reservados 2017

domingo, 24 de septiembre de 2017

Monstruos en la oscuridad





—Me gustan esas flores. Las flores blancas son puras. Y ese pequeño helecho en el ramo es delicado. ¿Vos creés que le guste así, Roberto?

Ella habla y mira para adelante. Parece petrificada, perdida. Sin embargo, su mente está ubicada en un solo lugar: donde debe estar, allá adelante. Dónde el hombre habla sin parar, aunque ella no lo escuche. 

Sus manos juntas descansan en la falda limpia, estrenada hoy. La planchó muy temprano porque era algo especial. Como su cabello tirante que termina en un rodete, perfecto. Ella nunca usa rodete, pero le parece pertinente hacerlo hoy. “Es lo mejor”, se dijo al peinarse aquella mañana. Cuando el peine atravesó su cabello lacio que se dejó dominar como si supiera que era necesario. Justo hoy. A Carmen no le importó que se le vieran las canas sin teñir. O que su frente pareciera más arrugada. O que las ojeras resaltaran caprichosas con semejante peinado. Ya no.
—No sé. No puedo saberlo, Carmen.

Él la observa. Siente un gran temor por ella. Por cómo pudiera reaccionar después. Teme porque la ama demasiado, quizás más que a él. Al pequeño. Desde la primera vez que la vio sintió amor. Aunque no le pertenecía, aunque debía ser de otro, la amó. Y tal vez ese fue el error de ambos. Amarse. Seguir adelante con ese sentimiento. Imaginar que el mundo podía ser un lugar diferente para ellos.

Roberto siente el dolor de la realidad en su pecho. A diferencia de ella, está despeinado y ya se fumó cinco cigarrillos a pesar de que dejó de fumar hace unos meses. Sabe que recaerá. Que ya no tendrá fuerzas para abandonar el vicio. Sabe que quizás muera de cáncer de pulmón o quizás de enfisema. Pero no importa ya.
—Está bien. —dice ella —Yo sé que le va a gustar. Lo único es…
—¿Es qué?
—Luz… no le gusta la oscuridad. Viste como se ponía a la noche cuando apagábamos la luz por error… los gritos. Esa desesperación. A veces me asustaba que gritara de esa forma y vos no hacías nada para ayudar. No es normal…
—Carmen… —ella continúa observando hacia adelante y Roberto se da por vencido, como siempre —No creo que le afecte —dice finalmente para no empeorar las cosas.
—Sí. Hay que ver que el lugar esté iluminado. Eso es importante. No quiero que se asuste —continúa ella sin siquiera prestar atención a las respuestas de su marido.

Él toma su mano, pero ella lo aparta de inmediato. Siente que su piel quema, como el infierno. No quiere que él sea condescendiente. Quiere que se vaya, que la deje sola. Recuerda por qué está ahí. Piensa: “No estoy loca”, se convence, “Necesita mucha luz, todo el tiempo”. Casi se le escapan esas palabras, en voz alta, pero prefiere callar.

Una paloma revolotea contra el vidrio esmerilado. Se golpea varias veces, insistiendo en salir. “Pobre tonta”, piensa Roberto e instintivamente observa a su mujer. Quizás debería reunirse a su locura, a su desquicio. A la negación del mundo que la rodea. Tal vez así sería más fácil. Quizás el dolor sea menor. Vuelve a mirar la paloma y piensa que quizás se trate de una señal. Una de Dios. Observa de nuevo a Carmen. Ve sus facciones rígidas, imperturbables. El pelo recogido, la falda planchada con almidón. Y cree que es mejor llorar cuando se deba, cuando corresponda.

Con un suspiro descarta la idea de la señal porque, en última instancia, no cree en esas cosas. Ya no. Sabe que la vida de los dos se convertirá en una tragedia desde ahora. Lo sabe. Como también sabe que no saldrán ilesos, indemnes. ¿Qué hacer entonces? Seguir. Sólo seguir. Porque hay que hacerlo. Porque es lo que queda… Piensa en la luz, en qué contestarle. Mejor es vivir en la realidad… se dice.
—Carmen…
—¡Es un nene chiquito, Roberto! —dice ella adivinando las palabras de su esposo.

Esta vez mira a su marido. Lo observa directo a los ojos, con una frialdad que a él le llega al corazón. Como una flecha mortífera, virulenta.
—Está bien…—ahora él mira al frente. En silencio, pensativo. Reconsidera la señal, la vida, la muerte. El futuro.

Carmen continúa sumergida en sus pensamientos. Ella sabe que sólo eso la salvará. Quizás a él también lo salve aunque ya no le importa. No le importa Roberto. Ya no. Continúa…
—Además está la cuestión de los juguetes. Hay que dejar algunos por ahí… el autito rojo de madera. Y el oso de peluche que tanto le gusta. Con el que duerme…
—¿Para qué, Carmen?
—Para que juegue, Roberto. No preguntes estupideces.

Roberto cierra los puños y desea no haber nacido. Así quizás las cosas para ella hubieran sido diferentes. Tal vez Carmen se hubiera casado con el otro, y un hijo diferente hubiera nacido. No uno débil y enfermizo como el que tuvieron. Quizás uno sin temor a la oscuridad y a sus monstruos, con un corazón más fuerte para soportar los miedos imaginarios. Tal vez.

El cura finaliza el sermón. El silencio invade cada rincón de la iglesia. El único momento en que se interrumpe es cuando la gente se levanta. Los ruidos de zapatos haciendo eco, las ropas rozando los cuerpos. La paloma que sigue insistiendo con salir. “Por qué nadie le abre”, suspira Roberto. Piensa que quizás es él, el alma del niño que quiere volar. Piensa que Carmen no lo suelta. La culpa a ella. Nunca lo soltó. Jamás.

Alguien se acerca a ellos. “Cuánto lo siento”, murmura esa persona. Roberto agradece, pero Carmen no mira. Solo permanece sentada en aquel banco de madera, rígida, observando el pequeño cajón blanco. “Sí”, se dice, “a mi bebé no le gustaba para nada la oscuridad. Y los monstruos... Pero no te preocupes mi amor, mamá te va a cuidar y pronto te acompañará. Muy pronto, mi cielo.”

Autora: Soledad Fernández (Misceláneas) - Todos los derechos reservados 2017

No más drama por hoy

Basta de drama . Sí, eso lo dijiste tantas veces que ya suena a chiste. Mirate cómo estás. Parecés una zombi que se arrastra e...