sábado, 1 de julio de 2017

Melancolía









La casa estaba en completo silencio. La mañana recién asomaba por la ventana, cálida, primaveral. Era época de hormonas alborotadas y de añoranzas de tiempos mejores. La única que estaba levantada, como siempre era Sarah. 

Su precaria salud y su insomnio crónico, la hacían levantarse a horas disparatadas. A esas horas en donde, con la cabeza embriagada de sueño y malestar por no poder dormir, se visualizan los sueños que no se pudieron soñar por despertar precozmente. O eso se decía ella, cada mañana. 

—¿Cómo iba a olvidarte? ―susurró Sarah. 

No se atrevía a levantar el tono. Temía despertar a su marido porque si eso pasaba, tendría que dar explicaciones. No podía darse ese lujo, no quería dar explicaciones. Eran las 6 de la mañana y sentía una agonía en su pecho, una melancolía que no iba del todo bien con la primavera floreciente. 

—No me parece tan difícil. ―contestó Richard y a ella se le produjo un vuelco en el corazón. “Cuanta ingratitud”, pensó ella. “Si supiera lo que es vivir así”. 
—Estoy en tu casa. ―contestó Sarah intentando no llorar.
—Sí, pero con otro. ―retrucó él sin importarle el dolor que le provocaba con esas palabras.
—Pero a quien quiero es a ti.
—¿Cómo dices?  ―Richard la ponía a prueba.
—A quien quiero es a ti.

Sarah no pudo más y se fue corriendo al baño a llorar. No sabía cuánto tiempo podría tolerar esa situación. “Quizás deba ir al médico para que me dé algo. Algo que me calme. Que me deje dormir”. Lo descartó enseguida. Los médicos no saben de padecimientos del corazón. Era ella quien debía tomar cartas en el asunto. Decisiones, sobre todo. Pensó en tomar la vía fácil. Miró las tijeras en el vanitori, desafiantes, afiladas. Miró su piel clara. Podía identificar cada vena, cada torrente sanguíneo que la llenaba de vida. Podría cortar inmediatamente todo. 

Pero pensó en sus hijos, en Carlos, y no pudo hacerlo.

Volvió a la cocina y notó que su esposo ya estaba levantado. Ella le dio un beso en la frente mientras ojeó a todos lados. Temía que se encontraran o que Carlos sospechase algo. Pero la calma estaba en toda la casa y Sarah suspiró con cierto alivio.

Tomó mates con su esposo, arregló a los niños para la escuela y despidió a su familia. Cerró la puerta y sintió el abrazo de Richard. Jamás un abrazo fue como el de él. Jamás se sintió de esa manera con nadie más que con Richard.

―Disculpame…fui muy cruel contigo esta mañana. No sé qué me pasa.
―No podemos seguir así ―dijo Sarah tratando de evadirlo, sin resultados y ella no pudo más que rendirse ante él. 

Sin dudarlo, sin temor a ser descubierta, Sarah se entregó al único hombre que amó en su vida. Se entregó completa, en cuerpo y alma, y Richard la hizo suya sin pensar en lo que pasaría después. Ahí mismo, en la cocina. Donde minutos atrás la familia feliz desayunaba y se preparaba para un día de trabajo y estudio, ellos se fusionaron y se hicieron el amor. Ya nada importaba. Esa era su casa. Ella era su mujer y los demás eran usurpadores. 

Las horas pasaron y Sarah se quedó sola y desnuda en la cocina. Acurrucada en el piso. Plegada en su angustiosa vida, aterrada por el engaño, atormentada por Richard. “Si tan solo pudiera olvidarlo”, pensó y cayó en un sueño profundo. “Sarah ¿Acepta por esposo a Richard, para amarlo y respetarlo hasta que la muerte los separe?”

Sarah despertó de golpe, como siempre. Su corazón acelerado y su piel sudorosa le recordaron que soñó con él como cada noche. Miró a su alrededor: las 4 y media de la mañana. Estaba en su cama. ¿Cómo había llegado ahí? No quiso pensarlo aunque supo que había sido Carlos, que ahora dormía a su lado. 

Enseguida se levantó. No tenía sentido intentar dormir, ya no. Fue a la cocina, como siempre. Pero esta vez las cosas deberían cambiar. Ya no podía sostener esa mentira, esa doble vida.
―Necesito que entiendas…ya no puedo más con esto, Richard. 

Carlos escuchó el murmullo de su esposa. Sabía que ella le hablaba a Richard. Siempre lo supo. Antes le molestaba, incluso llegó a sentirse celoso. Durante mucho tiempo se repitió: “Ella me eligió a mí. Soy el padre de sus hijos”. A veces no le alcanzaba. Luego de un tiempo, ya no le prestó atención. Y la situación se hizo parte de la “normalidad” cotidiana. A veces las cosas se calmaban durante meses. Pero ahora estaba preocupado. Encontrarla desnuda, en el piso, fue algo que lo dejó shockeado. No sólo por sus hijos, sino porque entendió que su esposa no estaba bien. Había sido difícil, siempre. La amaba y eso los había ayudado. Pero también sabía que había elegido a una mujer rota. Con un pasado. Con una oscuridad que de tanto en tanto asomaba. Y esta vez, Carlos sintió que no solo había asomado. Esta vez la oscuridad la había envuelto, la había invadido y ya nada podía hacer para rescatarla. 

Se levantó y fue en silencio hasta la cocina; escondido la observó sin que ella lo notara. Sintió que su alma se partía en dos al escucharla decir que amaba a Richard como a nadie en este mundo. Se desgarró por dentro cuando la vio rogar, llorar y justificar el por qué no podía estar más con él.  Pero el dolor se acrecentó aún más cuando la vio agarrando un cuchillo. 

De inmediato salió de su escondite y la abrazó. Entonces ella rompió en un llanto profundo, angustioso. 

―No puedo más―dijo con la voz entrecortada. ―Él no me deja, nunca lo va a hacer―se excusó. 

Entonces Carlos, le quitó la improvisada arma, y lentamente la llevó hasta la cama. Allí, la arropó y le dio sus píldoras. Acarició su cabello hasta que Sarah se durmió. La observó descansar, en silencio. Se debatió un rato pensando en qué hacer. Finalmente, luego de un rato llamó a su médico. 

―Sí, doctor. Soy Carlos el esposo de Sarah. Comenzó con sus alucinaciones otra vez…

Autor: Soledad Fernández (Misceláneas) - Todos los derechos reservados 2017

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