domingo, 17 de diciembre de 2017

Una "mágica" Navidad





Camila llega y estaciona su pequeño auto. No lo apaga. Todavía no decide si bajar. Sabe que si lo hace se va a arrepentir. Mira a la distancia, a la oscuridad silenciosa y casi vacía y se pregunta por qué está ahí, por qué le hizo caso a Beto. “Se quiere acostar con vos, es más que claro”, le había dicho Tamara, su compañera de departamento. No eran amigas. Eran solo compañeras.
Camila no era persona de amigas. Prefería un buen libro al parloteo frívolo en un bar. Y eso, cuando sos joven, cuando aún no se llega a los 30, tiene un alto costo: la soledad. Y así era Camila: solitaria y casi ermitaña. Hasta que Beto apareció un día y ella se sintió mimada de una forma tierna, casi infantil. 

A pesar de sus dudas apaga el motor del auto pero se queda dentro de él. El afuera le parece amenazante, hostil. No puede relajarse y disfrutar del misterio. “Animate, no seas boluda”, le había dicho su no amiga, compañera de cuarto, “después no te quejes que estás sola, que nadie se te acerca y bla, bla, bla.” Lili no era muy amable en sus formas pero tenía razón y luego de meditarlo, Camila decidió darle una oportunidad a este pibe. Porque a fin de cuentas, esa soledad no buscada de forma consciente la torturaba bastante. A pesar de sus gustos extravagantes para la edad, de vez en cuando sentía esa necesidad hormonal de estar con alguien del sexo opuesto.
“Sexo”, suspira sin soltar el volante. "Tantas vueltas para acostarse con alguien". Las luces encendidas del auto se pierden en la penumbra. Las partículas de  tierra flotan en el aire y juguetean con los haces de luz. Una planta se mueve con la brisa y Camila siente que su corazón se acelera. Aunque no está segura si es por el miedo de estar sola, a la espera de su amante, o porque la ansiedad de estar con él es grande. Es una delgada línea y ella lo sabe. Pero todavía no puede disfrutar de esa sensación.

A la distancia algo se ilumina tenuemente. Ella observa intrigada y la luz lejana se hace nítida, casi como respondiendo a su ansiedad. Proviene de una de las habitaciones en la que su cita aguarda. “Te espero en la mansión de mi abuelo…suena más imponente de lo que es en realidad. Está en refacción así que tenemos el lugar para los dos solos…te va a gustar”. En aquel momento, Camila dudó. “Se parece a los lugares de tus libros”, dijo para convencerla. Él le había guiñado el ojo.
En el auto, Camila piensa en el momento en que conoció a Beto. No recordaba el día exacto, ni donde estaban. Sólo tiene presente algunas charlas furtivas, muchos guiños, y una mirada inquisidora, casi violatoria de sus pensamientos. Incluso, ahora que está en la oscuridad, trata sin resultados de recordar en qué momento le contó de sus libros, de lo que más le gustaba. 

“Dejá de hacerte la boluda y no busques excusas para irte a casa”, se regaña. “Es navidad…no querés estar sola cuando den las 12…querés estar con él”, se convence y baja del auto. Lentamente se dirige a la mansión. Ahora que la tiene enfrente se da cuenta de lo enorme que es. Más allá de la habitación con la luz encendida divisa otras tantas ventanas. Puede contar más de 10 y solo en el frente. ¿Quién habrá sido el abuelo?, piensa. Imagina un acaudalado señor, bondadoso. ¡No! Se frena. Mejor un oscuro ser, con amantes a las que tortura por el puro placer de poder hacerlo. Sí, eso está mejor. Se ríe. Su imaginación aparece cada vez que tiene miedo. Inventa historias, para acallar su mente. Sigue pensando en ese hombre. Seguro que era un conde, no un príncipe. Uno malvado que se alimenta de las almas de los visitantes. Y su nieto... ¿habrá heredado ese vicio? Eso no ayuda, piensa. Se relaja un poco. Nada puede ser peor que su imaginación. O su soledad.

Camina por un senderito. La oscuridad se hace más densa por los nubarrones de tormenta que no se quieren ir. Traspasa una reja, enorme y oxidada, que se encuentra abierta. “Seguro que Beto la dejó así”, se dice para tener coraje. Atraviesa ese umbral y todo cambia, como en los sueños de la infancia. Fantásticos. Inexplicables como su relación con Beto. Enseguida las nubes se corren y dejan en evidencia una enorme luna, redonda y majestuosa que ilumina todo el lugar. “La magia de la navidad”, suspira. 

Saca el celular del bolsillo trasero y observa la hora: once y media. “Me tengo que apurar…”, piensa y camina más acelerado. 

El jardín es extraordinario como todo en el lugar. La tensión desaparece un poco ahora que hay algo de luz. Observa mejor mientras sigue en aquel sendero que la lleva hasta la enorme puerta principal. Un magnifico rosal ofrece sus flores rojo sangre aunque Camila no se atreve a tocarlas. “Podría arruinarlo”, piensa. El pasto está cortado al ras y huele a tierra mojada. “Alguien debe mantener todo esto”, se dice y no deja de notar que desde el auto todo parecía abandonado y descuidado. Salvo por la ventana con la luz encendida. 

Recuerda la luz y va directo a la mansión. Traspasa la puerta que también está entreabierta. Una vez en el salón, aparece una tenue música de fondo que ella atribuye a Beto y su agasajo nocturno. Siente mariposas en el estómago y decide que esa noche, finalmente se entregará a él. Sube por la enorme escalera de mármol y va hasta la habitación de la luz. Su corazón está acelerado de anticipación. “Si se encargó de tantos detalles merece una oportunidad…”, piensa emocionada. 

Camina hasta una de las habitaciones que está con la puerta entornada. Se para unos centímetros antes y se arregla el pelo. Acomoda su ropa y pellizca sus mejillas. Saca el celular y se observa “Estoy perfecta”, dice mientras ve varias llamadas perdidas de Beto. Sonríe. “No pudiste con la ansiedad”, dice al entrar a la habitación. 

Ahí, tres muñecas de porcelana están sentadas alrededor de una mesita. Una de ellas tiene una pequeña muñequita en brazos. ¿Qué es esto?, pregunta Camila que no entiende de qué se trata la escena. Una de las muñecas la observa con severidad. Las otras, se miran entre ellas. Las mariposas en el estómago de Camila se transforman en palpitaciones que golpean en su pecho. Un murmullo asciende por la escalera, una brisa resopla en la espalda de la joven y solitaria Camila. Los vellos de la nuca se le erizan mientras sigue mirando cómo las muñecas toman el té. Camila quiere gritar pero hay un nudo en su garganta. Piensa en Beto. Quiere creer que todo es un regalo de él, aunque sería el más extraño de los obsequios. “Son lindas Beto, pero ¿dónde te metiste nene…?”, dice con voz temblorosa. El teléfono suena otra vez, “Beto ¿dónde mierda estás…?”
En el momento en que Beto se disculpa por no poder estar con ella en la cena de navidad, la puerta se cierra de golpe detrás de Camila y las muñecas se abalanzan y la atacan sin piedad. Con violencia desgarran su carne, tironean de su pelo y penetran su abdomen, mientras Camila grita pidiendo auxilio. Sin embargo nadie la escucha.

**********

Camila despierta sobresaltada. Enseguida se observa la ropa, los brazos… busca las heridas y la sangre. ¡Maldita pesadilla!, piensa. Mira hacia adelante y ahí está la descuidada mansión, en plena oscuridad. Ninguna luz está encendida y el silencio es casi mortuorio. Todo se ve descuidado, opaco. Abandonado y lejano para su tranquilidad. "Tengo que dejar de leer tantos libros de terror", se dice aunque sabe que no lo hará. Un ruido repentino la sobresalta. Alguien está golpeando la ventanilla del auto. Asustada ve que es Beto. “Mirá lo que te traje”, dice y le enseña una pequeña muñequita de porcelana. Camila aterrorizada enciende el auto y sin siquiera decir una palabra se va dejando a Beto parado en la oscuridad sin entender absolutamente nada.

Autor: Soledad Fernández (Misceláneas) - Todos los derechos reservados 2017

sábado, 9 de diciembre de 2017

VOS SABÉS QUIÉN SOY.










  
Usted tiene: un mensaje nuevo: “Mataste a mi viejo y la vas a pagar”. El café de la mañana se me sube hasta la boca. Ese sabor amargo. La náusea. El mareo. ¿Quién mierda es? Desconozco esos números. Yo no maté a nadie. ¿Cómo voy a matar a una persona? No, no, no. “Te pensás que te las sabes todas…”; el calor llega a mi cara. El miedo asciende con velocidad. Serenate. No pierdas la cabeza por una pelotudez. Por ahí el mensaje es equivocado. Ojalá. “La misma irresponsable…mataste…vos…” ¡Se entrecorta! Pará. Esa no soy yo. Estoy segura de que mi trato con los pacientes es bueno. ¡Nunca tuve problemas con nadie! Sí. Seguro se equivocaron. Seguro le dieron mi número a esta persona desagradable, pero el mensaje no era para mí. Alguien pensó que soy la responsable, pero no fui yo. ¿Y si llamo? Por ahí puedo aclarar que se equivocaron…“No les des lugar. Si quieren hablarte te van a llamar otra vez”. Así dice mi esposo. Si no fuera por él,no dormiría por contestar llamados y mensajes de mis pacientes. La misma discusión de siempre con él: “¿Para qué les das el número? Si después…” No seas así Ricardo, le contesto yo. Debe ser horrible pasar por una cirugía y no tener a nadie que te contenga. “¿Y cómo te pagan? Se ofenden cuando no los podés atender. Ni se acuerdan de que sos una persona”. Él no entiende. Es arquitecto y mi marido. Él se preocupa por mí, por mi salud. No quiere verme mal aunque a veces eso sea imposible…

Observo la pantalla de a ratos. Trato de encontrar algún significado en los números de la llamada perdida. Un código secreto, quizás. Los combino una y otra vez. Nada. Obvio ¿qué espero encontrar? Me repito que el mensaje es equivocado, que es para otra doctora. Una diferente e irresponsable. Sin embargo el nudo en mi estómago me dice que las cosas no son así. ¿Y si es para mí? Miro la historia clínica que tengo en el escritorio. Disculpá ¿enalapril de cuánto tomás?

La mujer revolea los ojos y tiene razón en hacerlo. Es la tercera o cuarta vez que le pregunto lo mismo. Le pido disculpas. Le invento algo de que tengo al nene enfermo y que estoy preocupada. Que espero que mi mamá llame para decirme cómo sigue. No sé si me cree y la verdad hoy no me importa. No puedo concentrarme. No después de haber escuchado ese mensaje. Le sello la receta del enalapril y se va. La escucho protestar por lo bajo y pienso que tal vez mi marido tiene razón. 

Miro la lista de pacientes. Recién voy por la tercera. La tarde es larga, interminable en realidad. Pienso en la voz de mi mensaje. ¿El hijo de quién será? ¿Quién estaba tan grave como para morir, como para que pueda ser la responsable de su muerte? Nada encaja. Ninguno de mis pacientes se ajusta al perfil. ¡Trabajo en una salita, por Dios!

Me repito “No es para mí, no es para mi”, como en un mantra místico. Pero me preocupa…me trastorna la posibilidad de que sí. La posibilidad de haberme equivocado. De ser responsable por la muerte de alguien. Uno se equivoca. Todos los días. ¡Soy humana! Como, voy al baño, tengo una vida como el resto de los seres humanos. No soy un Dios ni mucho menos. Uno trata de no equivocarse…a veces se logra.  Miro el teléfono otra vez. Maldita era digital. Quizás en otra época me hubieran venido a patotear en la cara. No sé. En otra época respetaban a los médicos. ¿Qué pasó? Soberbia. Siempre lo digo. Nosotros perdimos la batalla, somos los responsables. Pero no es este el caso. No el mío. Escucho el mensaje otra vez. Y otra más. “Soy….mataste….lo mataste. Vos lo mataste”. El audio se distorsiona. “Si desea repetir el mensaje marque 1” y lo marco de nuevo. Me torturo. Lo mataste. Lo maté. ¿Y si lo hice?

La enfermera entra de pronto y me dice algo, pero no escucho. Mis manos tiemblan, mi corazón se acelera, la obsesión se instala. ¿Qué te pasa?, me dice y lloro de impotencia. “Lo maté”, digo. ¿A quién? “No lo sé”. Ella me abraza sin entender nada. “Sos una soberbia, siempre lo fuiste”, me tortura el mensaje. Recibo la contención de mi compañera y eso me relaja. “Siempre se atendió con vos. Y nos abandonaste.”, retumba en mi cabeza. Descanso en ese hombro amigo, en la compañía de quién está siempre a mi lado, en la trinchera. Lentamente, la mente se aclara, lo malo pesa menos. Las lágrimas se agotan. Lo de antes vuelve en imágenes vívidas, dolorosas.“365 días de infierno. De soledad. Por tu culpa”. Recuerdo los detalles “Decile que me abandonó. Que en la guardia se rieron de mí. Yo no me interno ahí. No quiero. Prefiero morirme antes que operarme.”. Recuerdo verlo en terapia intensiva, la sensación de saber que sería la última vez. Recuerdo que hice lo que pude, pero que no alcanzó. A veces no alcanza. Y hoy hace un año que se fue. 

Ahora entiendo…, me digo, era por él. La enfermera me trae un vaso de agua. Lo tomo apurada y el alma retorna a mi cuerpo. Le agradezco y trato de tranquilizarla. Y tranquilizarme. Respiro hondo, pongo mi mejor cara y llamo al próximo paciente. 

Autor: Soledad Fernández (Misceláneas) - Todos los derechos reservados 2017

martes, 5 de diciembre de 2017

Ilustranimada

Hola a tod@s! Les dejo fotos de Ilustranimada, donde un cuento mío, Caprichos del destino, fue ilustrado y convertido en libro por los alumnos de Bellas Artes, de la Universidad Nacional de La Plata.

Saludos!











Demonios

— Decime que soy normal. Decilo. Contame cómo me parezco al resto, cómo soy igual, imperturbable. Normal. Dale, decímelo. Contame...